
Cuidar a las palabras
Vergüenza, pudor, se dicen en griego aidós, y designa el sentimiento de respeto frente a un dios o a un superior, pero también el sentimiento de respeto humano que impide al hombre la bajeza.
Ahora, ese aidós puede surgir en terceros en términos de vergüenza ajena como pudor propio, donde el emerger de la vergüenza ajena es sentirse avergonzado ante la conducta o un hecho ocurrido indigno de haber sucedido.
Es interesante ver a toda vergüenza como un sentimiento sano porque denota cierto contacto con la realidad y sus límites o para ser más precisos, sus categorizaciones y de allí el pertenecer, de actuar conforme o no a tales categorizaciones. Así, el que confunde las categorías fácilmente se vuelve un impertinente, alguien que no pertenece y con su conducta provoca hechos que no son propios del ámbito al que cree pertenecer, y son los que nos avergüenzan.
Aquí entonces, la vergüenza y quien nos avergüenza, es lo que nos provoca estar en posesión del aidós previniéndonos de la bajeza propia como ajena.
Bajo tales premisas, la vergüenza en cierto modo legitima la pertinencia del o de los sujetos en un lugar, porque son avergonzados por terceros, aquellos tienen la facultad de señalar al que no pertenece ante el sentimiento que provocan de la vergüenza ajena.
Y esta introducción es para señalar la falta de pudor, de respeto, de cuidado acerca del trato que se le hace a la palabra en ciertos ámbitos hechos y construidos para las palabras, y que a tales efectos Szasz supo decir, alertar de la importancia de proteger a las palabras, especialmente en todos los lugares donde se la ejerce, porque si no protegemos las palabras, algún día terminaremos hablando con los puños.
La vieja dicotomía se reactualiza en cada recinto dispuesto para las palabras cuando no se las ejerce desde el aidós griego, hablamos de civilización y de barbarie, porque civilización implica delimitación y la barbarie romper con eso delimitado y el dicho acerca de “no están todos los que deben estar y de los que están, muchos no deberían estar”, nos muestra a los intrusos, a los bárbaros con gestos, ropajes y presencia de civilizados y que a la hora de la palabra, los muestra en su cabal condición impertinente, su condición de bárbaro.
¿Y qué importancia tiene la palabra? -si no fuera algo retórico, esta interrogación me delataría bárbaro-, la palabra tiene el interesante matiz de portar realidades, sentidos y significaciones, parte de una premisa que la justifica como tal en aquellos recintos creados para ella, parte de un saber, de un conocer y su íntima creación: la autoestima.
Pero aquí esta el dilema y la importancia del alertar de Szasz acerca del tener cuidado de la palabra en los lugares donde se la ejercer porque la autoestima conduce fácilmente a tener una conducta no pertinente: hacer un uso indiscriminado de ellas, en abusar.
Si la autoestima pivota en un saber y éste es sustentado por un cargo que el autoestimado desempeña como jefe, director, funcionario o concejal, donde tal función le confirma su condición de alguien que sabe, eso justifica el ejercicio irrestricto de las palabras que ejerce porque él sabe.
Ahora, lo terrible de todo es que ese energúmeno en función, esté dispuesto a abusar de las palabras, de asesinarlas antes que meterse con su autoestima, que ésta pueda sufrir ante la necesidad de aprender, porque para el ignorante y el bárbaro, aprender implica una herida en su autoestima de sapiente, de intocable apoyado por un tercero que hubo de colocar en su función, donde ese tercero adquiere la faz de voto, de arreglo, de pago de cuentas, de promesa, de acuerdo.
Así, las palabras serán asesinadas no sólo por la condición bárbara de no pertenecer sino que colaboran en ello el orgullo, la vanidad, la estupidez, la imagen de sí y el cargo que se ostenta y en todos los lugares, especialmente en los recintos donde se ejerce la palabra, todas ellas ser asesinadas diariamente.
Para eso debemos proteger a las palabras y sentir vergüenza ajena por aquellos que no están en posesión del aidós, en cada aula, en cada ejecutivo, en cada deliberante, ámbitos creados para ellas no se las protege sino que se las asesina, hasta el día en que nos quedemos mudos aunque no a salvos de los impertinentes que nos avergüenzan.
Por ello, si no defendemos las palabras, algún día la vergüenza ajena no será ni siquiera vergüenza, ni habrá siquiera pudor sólo habrá funcionarios, docentes, periodistas, vecinos y concejales asesinando palabras en cada una de sus palabras y en aquellos lugares donde se ejerce la palabra.
Vergüenza, pudor, se dicen en griego aidós, y designa el sentimiento de respeto frente a un dios o a un superior, pero también el sentimiento de respeto humano que impide al hombre la bajeza.
Ahora, ese aidós puede surgir en terceros en términos de vergüenza ajena como pudor propio, donde el emerger de la vergüenza ajena es sentirse avergonzado ante la conducta o un hecho ocurrido indigno de haber sucedido.
Es interesante ver a toda vergüenza como un sentimiento sano porque denota cierto contacto con la realidad y sus límites o para ser más precisos, sus categorizaciones y de allí el pertenecer, de actuar conforme o no a tales categorizaciones. Así, el que confunde las categorías fácilmente se vuelve un impertinente, alguien que no pertenece y con su conducta provoca hechos que no son propios del ámbito al que cree pertenecer, y son los que nos avergüenzan.
Aquí entonces, la vergüenza y quien nos avergüenza, es lo que nos provoca estar en posesión del aidós previniéndonos de la bajeza propia como ajena.
Bajo tales premisas, la vergüenza en cierto modo legitima la pertinencia del o de los sujetos en un lugar, porque son avergonzados por terceros, aquellos tienen la facultad de señalar al que no pertenece ante el sentimiento que provocan de la vergüenza ajena.
Y esta introducción es para señalar la falta de pudor, de respeto, de cuidado acerca del trato que se le hace a la palabra en ciertos ámbitos hechos y construidos para las palabras, y que a tales efectos Szasz supo decir, alertar de la importancia de proteger a las palabras, especialmente en todos los lugares donde se la ejerce, porque si no protegemos las palabras, algún día terminaremos hablando con los puños.
La vieja dicotomía se reactualiza en cada recinto dispuesto para las palabras cuando no se las ejerce desde el aidós griego, hablamos de civilización y de barbarie, porque civilización implica delimitación y la barbarie romper con eso delimitado y el dicho acerca de “no están todos los que deben estar y de los que están, muchos no deberían estar”, nos muestra a los intrusos, a los bárbaros con gestos, ropajes y presencia de civilizados y que a la hora de la palabra, los muestra en su cabal condición impertinente, su condición de bárbaro.
¿Y qué importancia tiene la palabra? -si no fuera algo retórico, esta interrogación me delataría bárbaro-, la palabra tiene el interesante matiz de portar realidades, sentidos y significaciones, parte de una premisa que la justifica como tal en aquellos recintos creados para ella, parte de un saber, de un conocer y su íntima creación: la autoestima.
Pero aquí esta el dilema y la importancia del alertar de Szasz acerca del tener cuidado de la palabra en los lugares donde se la ejercer porque la autoestima conduce fácilmente a tener una conducta no pertinente: hacer un uso indiscriminado de ellas, en abusar.
Si la autoestima pivota en un saber y éste es sustentado por un cargo que el autoestimado desempeña como jefe, director, funcionario o concejal, donde tal función le confirma su condición de alguien que sabe, eso justifica el ejercicio irrestricto de las palabras que ejerce porque él sabe.
Ahora, lo terrible de todo es que ese energúmeno en función, esté dispuesto a abusar de las palabras, de asesinarlas antes que meterse con su autoestima, que ésta pueda sufrir ante la necesidad de aprender, porque para el ignorante y el bárbaro, aprender implica una herida en su autoestima de sapiente, de intocable apoyado por un tercero que hubo de colocar en su función, donde ese tercero adquiere la faz de voto, de arreglo, de pago de cuentas, de promesa, de acuerdo.
Así, las palabras serán asesinadas no sólo por la condición bárbara de no pertenecer sino que colaboran en ello el orgullo, la vanidad, la estupidez, la imagen de sí y el cargo que se ostenta y en todos los lugares, especialmente en los recintos donde se ejerce la palabra, todas ellas ser asesinadas diariamente.
Para eso debemos proteger a las palabras y sentir vergüenza ajena por aquellos que no están en posesión del aidós, en cada aula, en cada ejecutivo, en cada deliberante, ámbitos creados para ellas no se las protege sino que se las asesina, hasta el día en que nos quedemos mudos aunque no a salvos de los impertinentes que nos avergüenzan.
Por ello, si no defendemos las palabras, algún día la vergüenza ajena no será ni siquiera vergüenza, ni habrá siquiera pudor sólo habrá funcionarios, docentes, periodistas, vecinos y concejales asesinando palabras en cada una de sus palabras y en aquellos lugares donde se ejerce la palabra.

